CRÓNICA IV CARRERA DE MONTAÑA MATALLANA DE TORÍO 2018 – AGUS

IV CARRERA MONTAÑA MATALLANA DE TORÍO – 30 KM

02/12/2018 – Lugones – 05:20 a.m

 

  • Despertador Casio: Pipipipiiii… pipipipiiii… Agus, levanta capullo, que tienes que ir a currar!!!
  • Agus: Mmmmmmm… buaf… no quiero, no puedo… me encuentro fatal… zzzzz
  • Despertador Casio: anda, vago… jijijijijij, que ye broma ho!!! Que tienes que ir pa Matallana!! A correr!
  • Agus: Eh! Cierto!!! Carrerón! Vamoooossssss! (En pie de un salto).

 

A las 6:00 estaba en el punto pactado esperando a mi antiguo capitán Luis. Y él también. Entonces, el resto de personas allí presentes pudieron disfrutar de un extraño fenómeno muy raro de apreciar en los tiempos que vivimos: dos personas puntuales, y sin apenas falta de amenazas ni nada. Simplemente por cumplir. ¡Qué cosas pasan!

 

Salimos para León, concretamente en dirección a Robles de la Valcueva, donde tiene lugar la IV Carrera Matallana de Torío, en sus 2 modalidades: 13 km y 30,3 km. Por supuesto, vamos a la distancia larga, con 2.400 metros de desnivel positivo. Luis va porque está preparado para ello; yo, porque… bueno, porque me falta un barrenazo, básicamente.

Hoy voy bien abrigado, para no volver a repetir el error del otro día en Cangas, y, efectivamente, no repetí el error, si no que cometí otro: está fresco, pero me sobra ropa por todas partes. Aparco el coche donde amablemente me indica la gente de la organización, es decir, donde Cristo perdió el mechero, me bajo del coche casi sudando, recogemos los dorsales y me siento hasta mal: “¿dónde voy yo con 30 km? Van a ser 6 horas tío, no estás ni pa 3”. El monstruo de la retirada, que ya lleva días rondándome la cabeza, vuelve a presentarse ante mi cara. No imaginaba lo presente que iba a estar durante algunos tensos instantes durante la carrera… Pero sacudo la cabeza, paso de él y vamos a donde siempre hay que ir a calentar antes de una carrera: al barrrrrrr. Me siento raro con Luis: con todas las carreras que hemos compartido, Pili y Mili, inseparables no hace mucho… es extraño vivir un día como los de antes. ¡Cómo han cambiado las cosas en 1 año! Antes yo solía sacarle algo de ventaja… ahora, Luis a mi lado es prácticamente campeón olímpico.

 

Vamos preparándonos y tomando posiciones en la salida, a las 8:30 de la mañana. Aún no ha amanecido, aunque se ve perfectamente, mejor de lo que se aprecia en la foto de rigor antes de la batalla, para la que nos reunimos con Aída y Sergio. La gente que me conoce ya sabe que vengo en un estado de forma muy muy bajo, por un simple detalle: los bastones. Estando bien, jamás los llevo, así que voy muy, muy jodido. Y estoy muy nervioso. Pocas veces he estado tan poco capacitado para terminar una carrera, y el problema es que lo sé perfectamente. Tocado por varias lesiones, sin fondo físico… que hoy esto termine con una retirada sería lo normal… bueno, lo normal sería no tomar la salida, pero para alguien que no es muy normal, esa no es una opción. Hace unos días, la organización, al explicarles mi situación, me dio una opción: “en el km 17 hay un punto de corte, que queda muy cerca de meta. Vete hasta allí, y retírate. Si ves que vas bien, y te apetece, sigue tranquilamente hasta meta”. Es muy sencillo, e incluso muy sensato, pero… no es una posibilidad que baraje. Solo sumaré la segunda retirada entre mis 169 carreras por lesión seria, nunca por cansancio. Jamás!

Ver se nos veía bien…

Y así arranco entre todo el tropel, sabiendo que las voy a pasar moradas sí o sí. Salgo a ritmo tranquilo, pero dejando un margen de gente detrás. Tampoco quiero ser aquí el farolillo rojo desde el principio. Empezamos ya subiendo un buen tramo. Me encuentro bien, pero enseguida llegamos a una subida que allí llaman “kalentada”: un enorme cortafuegos que te pone los huevos de corbata al acercarte a él, y las piernas de cartón-piedra según lo vas subiendo. Segunda subida del día… pienso en el perfil, en esos dientes de sierra que nos quedan por delante y me dan escalofríos… ¿dónde voy yo con estas piernas y sin motor? Tas guapo…

“Kalentada”, vista desde casi arriba

Me quito los guantes, lo que indica que el calor va a ser mayor del esperado, y pillamos otro cortafuegos, este en forma de curva. Las piernas ya empiezan a resentirse, pero qué coño! Si apenas quedan 25 km, eso no ye na! Intento aprovechar los bastones, pero los bastones, lo primero es saber usarlos, y no es mi caso. Las bajadas, encima son muy técnicas, no puedes soltarte a correr como un loco, tienen miga, y nada más terminarlas, enlazas unos repechos que hacen que se te salten varios tornillos del susto.

 

Primer avituallamiento: vasos de plástico posados junto a una fuente. De momento nada, ni hace falta beber. Sigo adelanto como un camello: lento y seguro. Veo un repecho y se me viene un flash del sufrimiento que pasé en ese mismo lugar hace 2 años… “madre mía, si estamos empezando y ya está aquí el repechaco este de Pardavé”.

 

Aquí todos los repechos son iguales: primer parte casi pelada de vegetación, para, según te acercas a la cima, meterte en un bosque donde casi no cabes entre los árboles. Parece que al llegar al bosque se acaba la tortura, pero… ni mucho menos! Igual hay que subir otro tanto, por lo que hay que ir relajado y no cebarse. A pesar de que por el momento mantengo la compostura, por el pinganillo recibo indicaciones de arriba: “amigo, recuerda que esas piernas y sobre todo ese motor deben llegarte hasta el final de la carrera. No hay posibilidad de cambio ni reparación. A este paso, a pesar de que aún lo mantengas, sabes perfectamente que no llegas al km 20. Así que corta revoluciones y ponte el modo ahorro de gasolina. Repito, ahorra gasolina…”

 

El “jefe” lleva razón, por lo que activo el modo de menor consumo: bajar levemente el ritmo en las zonas llanas y favorables, echar a caminar unos cuantos metros ya antes de comenzar los repechos gordos, esperar igualmente un poco más para empezar a correr al llegar a las cimas… pequeños trucos. Si la gente me va adelantando poco a poco, quiere decir que lo estoy haciendo perfecto.

 

Cruzando el río Torío, arpón en mano…

Y efectivamente, NO, no lo estoy haciendo perfecto. Tras cruzar el río Torío, donde voy en un grupo ya bastante apuradillo, veo que la gente me adelanta mucho más rápido y con mucha más facilidad de la debida. Y cometo el error de intentar compensarlo en las bajadas, las cuales, en algunos puntos, hasta tienen cuerdas para agarrarse. Este desgaste extra en las bajadas hace que en poco tiempo tenga otro motivo mucho más convincente para relajarme bastante: básicamente, que no puedo con la vida. Estos repechos son muy brutos, para avanzar lo mínimo hay que gastar mucha fuerza, mucha fuerza que yo no tengo, así que poco a poco, voy notando que voy fundido… intento entablar conversación con gente pero no es fácil… aunque lo consiga, van demasiado rápido para mí, y vuelvo a quedarme solo. El asunto se va complicando y no estamos ni en el km 12.

 

Pasamos un avituallamiento y llegamos a la zona que más me gusta de lo que yo conocía… una zona con unas formaciones rocosas muy peculiares que le dan un toque precioso aunque claro, vuelve el mismo problema: vuelve a ser muuuuuy cuesta arriba. Me paro a hacer unas fotos, mientras hablo con una chica que lleva un rato por la misma zona de la carrera que yo. En dos palabras ya me dice que de León no soy fijo… los astures cantamos a leguas.

Llego arriba reventado y boqueando como una trucha en la cesta del pescador. Por sensaciones, debería estar acabando la carrera, voy en la reserva y quedan aún unos 16 km, y no puedo con mi alma. Ahora el terreno es “medianamente favorable” hasta el km 17, donde me han dicho que es el buen lugar para una retirada… pero a pesar de todo, sigo sin pensar en ello. Tarde lo que tarde, esto se acaba. Un jabato en carrera es más duro, como leí hace unos días, que la Citroën C-15 de un panadero. No hay lesión, así que, seguimos.

Pillamos una bajada guapa guapa para bajar fuerte, aunque no tiene muy buen piso. “Ya está bien, estoy reventado, joder, y no he disfrutado siquiera una bajada por intentar guardar fuerzas. Pues ya no tienes fuerza, no hay nada que guardar, así que date ya el capricho, porque más adelante tampoco vas a poder!”. Me lanzo abajo, con un pelín más de descontrol del que me gustaría, pero avanzando fuerte. Hay una ligera curva a izquierdas. Piso un poco raro con el pie derecho (pequeño aviso), corrijo con el izquierdo, pero ya no hay margen… al volver a apoyar el pie derecho, lo retuerzo hasta el infinito y más allá. Pego un salto vertical que más parecía un helicóptero despegando que un gato cuando se asusta, mientras ya se me viene a la cabeza una sola cosa: “Valporquero… no, otros 4 meses así no, por dios”. De repente, una sucesión de santos en fila de a uno comienzan a desfilar antes mí, mientras lanzo los bastones a tomar pol c… con toda la fuerza que puedo, y me tiro en el suelo temiendo que, tras 15 miserables días corriendo sin problemas, voy a volver a estar mucho tiempo parado. “No me jodas, mongol, ¿a dónde ibas?” Me dan ganas de partirme los bastones contra la cabeza. Un chaval se para a ayudarme, y se ofrece para ir a decir que vengan a buscarme, a pesar de que me niego en redondo. También paran una chica asturiana que conozco, y la chica con la que fui un rato hablando y con la que compartí gran parte de la carrera. Esta se queda conmigo, ya que dice que en el km 17 se va a retirar seguro, y que no le importa, y es que estamos a solo 300 metros de ese km 17. “Estoy destinado a retirarme en esta carrera, joder, está claro. Mejor sitio para lesionarse, si es que hay alguno bueno, no lo hay. Lo clavé”. Me miro el pie. Ya está algo hinchado. Rebusco y rebusco, pero no me quedan santos por llamar a filas, así que me levanto. Puedo apoyar el pie. Ya es algo, el día de Valporquero el dolor era mucho mayor. Camino un poco y troto, con la chavala detrás diciéndome que por favor, tuviera cuidado. Veo que puedo trotar medianamente, y así llegamos hasta el punto de corte, donde muy a mi pesar, soy protagonista absoluto. El chico que prometió ir a buscar a alguien, lo había hecho, y ya habían mandado a alguien a buscarme; la chica que se quedó conmigo, se retira; yo me paro, me miro el pie… sigue hinchando… estoy totalmente muerto, quedan 13 km, casi la mitad de la carrera, algunos de los cuáles, como los que ya se ven ante mí (Alto de la Calera), son los más duros de largo de la carrera, con lo que, la decisión que iba a tomar estaba bien clara para cualquiera que me conozca: dar las gracias a quienes me han ayudado, fichar el chip, ver como los voluntarios me miran con cara de incredulidad… y seguir adelante cojo y sin dudarlo ni un instante. No me da la gana llegar a la meta en una ambulancia o en 4×4. Así reviente por ahí arriba. Y así, sintiéndome observado como un rinoceronte en un safari, continuo adelante encarando la siguiente subida de esta durísima carrera.

Subiendo el Alto de la calera, nada más pasar el punto de corte y de posible retirada

Ni bastones ni nada. Esto es eterno. Si antes me pasaba la gente ahora ya m están aplastando. Me aparto y les animo, con un par. A cada paso me va doliendo algo más el pie, pero no parece muy gordo. Corono esta primera subida, muy muy dura, y comienzo la bajada, que es donde sabré de verdad cómo va el pie.

 

Bueno… pues va. Sin más. Apoyando malamente y trotando muy suave, pero va. El día de Valporquero tuve que hacer todas las bajadas caminando. Hoy no. Me paro a cambiar el líquido de frenos y sigo bajando, consciente de que la siguiente subida es la más dura y larga de toda la carrera. De primeras es bastante tendida y voy subiendo medianamente bien… pero la cosa se tuerce. Me voy asfixiando metido entre los árboles y ni los bastones ni nadie pueden ayudarme. Miro el reloj: en algunos puntos, el ritmo es de aproximadamente 30 minutos el km. Eso es una eternidad! Miras el reloj varios minutos después y han pasado 70 metros… es una tortura física y mental.

 

Llego a un punto crítico y en un estado crítico. Las piernas no dan más de sí, los brazos ya me duelen de tirar de los bastones, la gente me pasa por encima, los pulmones van a explotar y el corazón se ha inventado una nueva melodía que yo no conocía… la cabeza, lo que nunca jamás falla, está más cerca que nunca de darse por vencida y comienza a martirizarme con 1.000 pensamiento negativos… “me voy a tener que retirar por agotamiento, qué vergüenza… estoy muy lejos de ninguna zona en la que poder coger aire, y cuando pueda cogerlo, me espera la bajada, que tampoco podré hacer bien por culpa del pie, que duele cada vez más, casi no quepo entre los árboles… por qué no te has retirado, por qué eres tan tonto y  (ahora gritando abiertamente mirando al cielo con los brazos levantados empuñando los bastones) POR QUÉ COJONES ERES TAN IDIOTA, TORPE Y SIN TALENTOOOOO???!!!”

A lo que el eco me contesta, con toda la razón del mundo: LENTOOOO, LENtooooo, Lentooooo, lentoooo…

Estoy apoyado hacia delante en los bastones, mirando hacia el suelo, y respirando como un tren del lejano oeste. No puedo estar quieto del todo en equilibrio, me tambaleo y siento la necesidad de cerrar los ojos. Paso muchas ganas de tirarme al lado del camino a descansar un rato. Se ve tan blandito… Sé que está pasando gente al lao y apenas puedo hacerles el gesto de que adelante, que se olviden de mí. Se me pasa por la cabeza la idea de retirarme, con una fuerza que casi nunca había sentido, como un chaval con calambres en los pies que hace poco me crucé… pero hay que ver dónde estás… en medio de un bosque en el que apenas cabes entre dos árboles,  muy lejos hacia atrás y muy lejos hacia delante de cualquier punto con gente para atenderme. Total, haría lo mismo retirándome que siguiendo, así que solo queda una cosa que hacer: decirle a la cabeza que muy bien, que muchas gracias por salvarme el culo en innumerables ocasiones, pero que debe volver a ponerse inmediatamente a trabajar como de costumbre y dejarse de pijadas. Y la reacción es inmediata: levanto la mirada, agarro los bastones y me grito internamente: “vamos cojones, puedes!”, a la par que clavo los bastones con todas las ganas del mundo en el suelo para comenzar a caminar nuevamente cuesta arriba.

 

Invierto unas fuerzas preciosas en sacar los bastones de los agujeros donde los he clavado… y continuo mi lento paso hacia la cima… subo, subo, subo… cambia el bosque, ahora es menos denso que más abajo, y parece que se oyen voces… no sé si es de verdad o ya deliro… y subo y subo y subo… tengo la certeza de que voy a morir en cualquier momento… y subo y subo y subo… y de repente veo una puerta entreabierta, bastante alta, y un tío ya entrado en años, de pelo y barba blancos, sentado en un pupitre  como los que teníamos de pequeños en el colegio. Me arrimo y me pregunta:

  • ¿Nombre?
  • ¿Perdón? Número 67. ¿Es este un punto de control?
  • Soy San Pedro, chaval, estás a las puertas del cielo. ¿Quieres pasar o no?
  • ¡Hostias! Me siento muy honrado, no me esperaba que me fuerais a dejar entrar, la verdad, es un detalle… pero no, gracias. Pensándolo bien, y teniendo la oportunidad de escoger… casi que mejor otro día.
  • Pues hala! Sigue por el camino de la izquierda, que es el jodido!
  • ¿Un gel no tendrás eh?

 

A los pocos metros, alguien grita: “estamos arriba!” Alcanzo la cima (Coto Salón), como les dije a los voluntarios, sin fuerzas ni para protestar. Saco un foto (mala, como todas las que saco), y estoy allí parado varios minutos. Pocas veces he pensado con tanto fuerza que no podría subir a donde hubiera que subir. Pero siempre se logra. Ahora, aaaabajo! Quedan como 9 km hasta meta.

Cima del eterno Coto Salón

Bajo despacito y llego al último avituallamiento totalmente solo. Varios minutos por delante y por detrás, no hay nadie. Si no fuera porque estaba todo más que bien marcado, pensaría que los del avituallamiento han montado todo esto solo para hacerme una broma a mí.

 

Encaro la última subida gorda vacío, pero es más tendida, y cogiendo un buen paso con los bastones, la subo bastante bien. El momento crítico ya ha pasado. Llego arriba, a la cima del Monte de la Cruz, donde tienen un avituallamiento con jamón y coca-cola, y donde pega un viento frío que tumba. Alguien quiero pensar que me hace un chiste que no supe entender en el momento, porque de lo contrario pensaría que ha sido un insulto a los asturianos… y ya encaro toda la bajada hacia meta. Me paro, saco fotos y entrando en el pueblo pienso en lo duro que ha sido, en que en 169 carreras me he hecho 2 esguinces: en las únicas 2 carreras que he corrido en esta zona, a 20 km una de otra, y en qué habría pasado si en medio de esa subida infernal hubiera tenido la oportunidad real de retirarme… no lo habría hecho a no ser que me obligaran a punta de pistola… pero lo ví muy muy negro.

Llegada de nuevo a Robles de la Valcueva

Entro en meta con 5h41’ con una celebración pensada… pero al parecer un chaval nada más entrar le ha pedido matrimonio a su novia y no ha quedado apenas nadie prestando atención a los que entramos justo detrás. Si llega a haberse hecho un esguince igual no podía ni agacharse y clavar rodilla… ¡Mis mejores deseos para esta pareja, por supuesto! Pues nada, para otra se queda la celebración. Cojo la placa que nos dan por acabar, me miro el pie y está totalmente hinchado y deformado como si le hubiera acoplado ahí un pegote de Play-Doh. Luis me dice que ha hecho un carrerón, como era de esperar, y yo me voy como puedo hasta el coche a cambiarme, enfadado por todo: por el esguince, por haber venido en tan mala forma, por no haberme retirado… lamentable final de año.

 

Pido una Mahou y unos cubitos de hielo para poner inmediatamente en el tobillo y nos comemos un plato de “olla ferroviaria”, que venía a ser fabes con costilla y chorizo. La verdad que estaba muy muy bueno, con un vasín de vino y todo. Un lujo! Y al poco ya nos vamos de vuelta a Asturias, porque la verdad es que no tengo muchas ganas de nada.

 

Conclusiones:

  • Por segunda vez, mal sabor de boca que me deja esta gran carrera. Y las dos veces por mí culpa. La parte correspondiente a la organización, espectacular, así que intentaré volver, pero eso sí, en condiciones. Y sobre todo, no volver a liarla en carrera.
  • Decir que jamás había visto una carrera tan sumamente bien marcada como esta. Espectacular, el que se pierda aquí, tiene un gran problema de vista.
  • Únicos aspectos a mejorar: el habernos hecho aparcar más lejos a los que hemos llegado primero por la mañana, y el tema de pensar en poner un guardarropa. Es esta época puede hacer mucho frío, y como las llaves del coche las tenga otro que llegue más tarde, puedes pasarlo mal.
  • Casi 31 km de montaña, recorrido perfectamente marcado, muchos voluntarios, gente animando, una bolsa del corredor muy decente, comida al llegar, vino, medalla en meta… y todo ello… TOTALMENTE GRATIS. Y por si fuera poco, los precios de la barra que instalaron allí, tirados. Otras carreras deben hacérselo mirar…
  • Por pararme a hacer una foto a petición del fotógrafo, casi me pego el hostión del siglo… foto que ha sido para hacer publicidad de una tienda de calzado, cosa que no entiendo muy bien, la verdad…

 

Ahora a recuperarse… y a empezar 2019 con ganas nuevas, ya que en Jabato Veloz, tendremos novedades!!! FELICES FIESTAS A TOD@S!!!

3 pensado en “CRÓNICA IV CARRERA DE MONTAÑA MATALLANA DE TORÍO 2018 – AGUS”

  1. Hola.
    Gracias por la crónica.
    Anotamos las críticas, siempre lo hacemos aunque no podemos mejorar todo lo que quisiéramos.
    El fotógrafo que te paró y colocó publicidad no tiene nada que ver con la organización.
    Siento que sufrieras tanto para terminar, la carrera es de las más duras de esta categoría. Espero que el año que viene puedas disfrutar mucho más.
    Con tu permiso enlazo tú crónica a nuestra web y redes.

    1. Gracias a vosotros por enlazarla en vuestras redes sociales. No os preocupéis, yo sabía dónde me metía, y como ya os comenté antes de la carrera, no estaba para ir, así que la culpa es toda mía por esa parte. Lo del fotógrafo… bueno, da igual, pero no me parece normal por su parte. Sin problema en absoluto con vosotros, como ya he dicho, hacéis una grandísima carrera y lo merecéis todo, así que espero volver en condiciones y no dar este triste espectáculo jeje. Gracias por todo!

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