CRÓNICA CARRERA VILLALFEIDE – AGUS – 11/08/2019

Me quedé blanco el pasado jueves cuando, enseñándole el perfil de la carrera a mi compañero Lucho, me di cuenta de que el desnivel no sería de 1.500 metros acumulados, si no de 1.500 metros positivos. O sea, el doble. Y yo pensando que iba a León a pasearme…

Pero estando inscrito, ya se sabe… no hay marcha atrás. Así que hoy a las 6:30 ya estaba saliendo de casa en dirección a Villalfeide, dispuesto a resarcirme del mal sabor de boca que ayer me dejó Llaranes.

Fastidia madrugar, pero hay veces que merece la pena. Subir Pajares con toda la tranquilidad del mundo, sin niebla, sin nada de tráfico, es un lujo. Abierto en exclusiva para mí. Pasar por las hoces de Vegacervera, despacito, justo amaneciendo, con las ventanillas bajadas y sin música, escuchando solo el sonido del río y el motor del Bravo (como un tractor entre esas paredes)… qué paz. Llegar a Villalfeide, coger el dorsal y que te digan que ese monte, el que no se ve en su zona más alta por la espesa niebla negra y que parece totalmente de roca, es al que tenéis que subir… fue también una sensación indescriptible. No me cagué en los pantalones de petaca.

Me preparé con mucha tranquilidad, tanta que me sobró tiempo para pensar en las distintas estrategias para el día de hoy. Las opciones eran las siguientes:

– Coger chubasquero, ya que dan posibles lluvias.
– Hacerme otro esguince para ya hacer triplete en las carreras que he participado en esta zona.
– Pasar de la carrera y liarme a comer embutido en cualquier bar, ya que en esta zona, lo tienen espectacular.

Al final, por suerte no seguí ninguna de las tres. No llovió, hizo un día perfecto; no me hice esguince, aunque no anduve lejos; no comí embutido, pero nos metieron una bandeja en la bolsa del corredor.

A las 8:45 exactas arrancamos los de la carrera larga. Nos quedan por delante 20 km con una subida infernal de las de llegar a la base, ver el percal, y darse la vuelta.

De salida empiezan a verse los distintos pero habituales espectáculos de cabaret y/o malabarista de semáforo: hay gente que tiene poco o ningún cuidado con lo que hace con los bastones. Hay días que el objetivo es simplemente llegar a casa con los 2 ojos.

Buen detalle a tener en cuenta. Mucha gente con bastones. Entre ellos, yo. Mucha gente que parece que parece que puede ir más fuerte, pero no lo hace. Entre ellos, yo. Mucha gente que aproveche cualquier mínimo tramo de ascensión para poner a caminar en plan marcha nórdica, cuando se podría hacer perfectamente caminando. Entre ellos, yo. Donde fueres haz lo que vieres. Sé listo, que por algo es. Se nota que hay un “algo” raro en al ambiente… una mezcla entre respeto, miedo y ganas de dar la vuelta e irse a casa: el imponente Polvoreda acecha desde la cada vez más cercana lejanía.

Me encanta el nombre… “Polvoreda”. Me va a dar juego en esta crónica…

La cosa es que nos acercamos al monte y aún no sé muy bien cómo voy. No conviene medirlo en los repechos, porque ahí vas mal siempre; ni en la bajadas, porque ahí vas bien siempre; en los tramos sube/baja, zigzag… ahí sí. Y por suerte, hay un pequeño bosque con esas características antes de comenzar la ascensión. Pruebo a ver y… pues veo flojo el tema. La cosa no pinta bien. Pero hoy sí, disfruto. El resto, da igual.

Después de una zona rápida, llegamos al avituallamiento del km 6,5, donde oficialmente comienza la ascensión. Pienso que sé por qué el monte se llama así, solo que se les ha trasvolado alguna letra. Los de delante van levantando una buena POLVAREDA (me salieron legañas negras al lavarme). Llego con energía al inicio. “Vamos a hacer un comienzo decente, vamos allá, tú puedes, con huevos, como Contador enfocando la primera rampa del Angliru, aprovecha la inercia… VAMOSSSSS, AAAARRRrrrib”…

PPPPPIIIiiiuuuuffffff… Desinflado total. Sin gas, como una coca-cola que lleva abierta lo menos 15 días. Esto ya empieza muy fuerte desde abajo. Miras arriba y ves a la gente en unos sitios… que te fallan las piernas.
Serán 3,5 km de muerte y destrucción. Más de 800 metros de desnivel hasta llegar a los 2.007 de la cima, con apenas una pequeña tregua a mitad de ascensión. Bastones, mirada abajo y a boquear como una sardina.

Pasamos por la zona donde un voluntario nos da a todos unas voces que se escuchaban desde antes de comenzar a subir. El probe, ha debido tener que tomar media caja de Juanola para compensar esa ronquera. Pero se agradecía mucho! A su altura me paro a sacar una foto, sudando como un pollo. Llevamos poco más de medio km. Pufff…

Seguimos, viendo todo el rato a la gente que va más arriba. Mucho más arriba y más rápido. En un punto donde casi te parece imposible que se pueda llegar. Tengo que comenzar a hacer mis clásicas paradiñas. Los gemelos van fuera de combate, como ya anunciaron el pasado miércoles en el Angliru. Paso por un avituallamiento donde se afanan en distraerte para que se te olviden tus penurias y sigo arriba.

Me voy apartando para ir dejando pasar a algún que otro participante. Solo uno de todos ellos me da las gracias. ¿En qué estamos convirtiendo esto? ¿¿¿En asfalto??? Todos ellos ven que voy mal, muy mal. Los voluntarios me animan, viendo también que voy mal, muy mal. Pasa un buitre, con los ojos brillantes, notando que voy mal, muy mal. Pero no me importa. Yo me siento bien, muy bien. Porque hoy estoy sufriendo a gusto. Estoy “disfrufriendo” en el sentido más amplio de la palabra.

Empieza a quedar “poco” hasta la cima. Estamos alrededor de los 1.700 metros de altitud y reconozco a una chica. La primera que el año pasado en Matallana se paró a auxiliarme cuando me hice el esguince, y que me acompañó hasta el punto de corte. Y se acuerda. Hablamos un poco y yo sigo adelante, porque parece que he cogido un ritmo aceptable.
Echas un POLVORETE, racatapum chin chin… joder!!! ¿De dónde sacaría yo esa canción? ¿¿Vengo escuchando en el coche Dünedain, Saurom, Los de Marras, Marea… y se me pega esta mierda?? Pero llegando a los 1.800 metros de altitud, hay un voluntario con música. “Tu vivi nell’aria, tu vivi dentro al mio cuore…” Así sí, claro que sí! Me anima durante unos minutos esa pedazo de canción.

Y ya se ve la cima! Por suerte, medio km antes de los cálculos que yo tenía. No sé cuánto tiempo llevo subiendo, pero da la sensación de ser todo el día. Me saco una foto en la cima, y comienzo a bajar.

Al principio hago recuento de daños:

– Gemelos: OUT

Comienzo a bajar y veo que esto es mucho peor que la subida. No hay camino, apenas veo las balizas, rocas puntiagudas, rocas que se sueltan… torpeza total. En breves momentos:

– Cuadriceps: OUT

Pego un resbalón, culo al suelo y me abraso en un dedo de la mano. Sin mucha importancia aparente… hasta que intentas utilizar los bastones para bajar y no puedes agarrarlos, con lo cual:

– Dedo gordo de la mano izquierda: OUT
– Cabeza: FUNCIONANDO mí Capitán, pero sigue pensando en el POLVORETE, o sea que no cuente mucho con ella…

¿Tenemos algo OK? Claro que sí. Los de siempre. Los “Suplentes” vuelven a hacer su aparición, siempre al rescate. De aquí al fin del mundo.

En el primer tramo de descenso una torcedura de pie, dos caídas de culo, un tropezón de los de salir “por orejas” y aterrizar 10 metros más abajo… pero que pude reaccionar y salvar… y hablando de orejas… no he traído los orejones! Mieeeeeerda! Se me olvidaron! A ver si en el avituallamiento tienen… o eso o a lo mejor POLVORONES también estaría bien… con un par de litros de agua pa bajarlos, porque ya me dirás.

En el avituallamiento que hay a media bajada veo que no, que ni orejones ni polvorones, pero no puedo hacer más que arrodillarme, hacer una reverencia y quitarme la gorra… bueno, eso no, que se me ve el cartón: tienen de todo, se ve desde lejos un importante POLVORÍN, pero ahí está la número 1 indiscutible en todos los avituallamientos, la estrella, la insustituible… la sandía, que se ve ya desde lejos! Y además… gominolas de cereza con pica-pica… mis favoritas!! Amor eterno!

Pocas cosas causan tanto placer como bajar corriendo por un camino cómodo comiendo una sandía fría como un auténtico jabalí: manchándote de oreja a oreja con el jugo arrollando por todas partes… oh señor. No lo hay más guapo que esto!!

Tras una bajada eterna, se acerca el final. Aún quedan un par de repechos. Todo es duro ya, pero los paso con relativa solvencia. En el último, un olor a pizza lo inunda todo: en este caso, contradiciendo al famoso refrán, la verdad es que “todo el monte es orégano”. Una auténtica plaga.

Y entro en meta con un chaval con el que compartí gran parte de la carrera, desde el comienzo de la bajada. Al final salieron algo menos de 19 km. 3h13’59’’. Tiempo discreto, pero hoy se trataba de pasarlo bien y quedar con buen sabor de boca, no forzar y estallar como ayer.

Tras esto, decir que esta gente se lo curró mucho. Nos ofrecieron una comida con un tupper de pasta para cada uno y una chuleta que supo a gloria bendita. Los voluntarios, de escándalo, pocas veces he visto a gente tan sonriente, tan motivadora y con tantas ganas de ayudar como aquí. Fan incondicional de ellos. La pega: el marcaje, aunque aceptable, es muy mejorable. Pero eso es fácil de corregir.

Muchas gracias a la gente de Villalfeide por trabajar de lo lindo para las 2 carreras que se celebraron hoy (El Trail de 20 km y Le Petit de 11 km) y la que aún se celebrará el próximo domingo día 18 (kilómetro vertical). Un placer haber formado parte.

Gracias a esa familia que prácticamente me “adoptó” en su mesa para la comida de hoy, y ánimo para la chica que el año pasado se paró a ayudarme con mi esguince, porque este año tristemente le ha tocado a ella. Y luego la gente habla del karma… espero que no sea nada. Ánimo!

Siguiente parada: vamos a ver qué tal el Avilés Trail!!!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *